Enrique Arancibia Clavel, mientras estaba detenido

Enrique Arancibia Clavel, el hombre fuerte que el gobierno de Pinochet había elegido para coordinar el Plan Cóndor con Argentina, murió el jueves pasado luego de recibir veinte puñaladas en el vientre, la mandíbula y el cuello.

El agente de Pinochet que no cayó en cumplimiento del deber

Arancibia Clavel fue durante la dictadura el enlace entre la Dina y el Batallón 601. Y fue condenado por su participación en el asesinato, en Buenos Aires, del general Prats.

La Historia…

Cuarenta minutos habían pasado de la medianoche del 30 de septiembre de 1974. La calle Malabia, entre Las Heras y Libertador, estaba en penumbras. Un Fiat 125 estacionó frente un garage, a la altura 3351. Un hombre bajó y empezó a levantar las puertas metálicas del estacionamiento. Su esposa lo miraba desde la ventanilla. Cuando el hombre regresaba al auto, una fortísima explosión iluminó la noche. El Fiat explotó en mil pedazos: tenía una bomba colocada bajo el asiento del conductor. Todos los vidrios de la cuadra quedaron hechos polvo.

El enigma Goulart

Un hijo del derrocado ex presidente brasileño Joao Jango Goulart, quien murió en una estancia de Corrientes a fines de 1976 supuestamente de un infarto, anunció que pedirá a la Justicia argentina que investigue su posible envenenamiento, tal como denunció un ex agente de inteligencia uruguayo, Mario Barreiro Neira, detenido desde hace más de una década en una cárcel de Porto Alegre por integrar una banda de asaltantes de camiones transportadores de caudales.

El torturador trasandino que cambió la picana por los libros

El pasado siempre vuelve a buscar respuestas. Y las máscaras suelen caerse con el peso de la verdad. El ex militar chileno Jaime García Covarrubias se jactaba de haber sido casi un administrativo sin “responsabilidades operativas” durante el sangriento régimen de Augusto Pinochet Ugarte. Retirado del Ejército de su país, y camuflado en democracia, se dedicó al estudio. Es desde hace años un respetado catedrático en temas de seguridad y defensa y trabaja para un centro que depende del Pentágono estadounidense. Pero hace unos meses esa máscara cayó.

La Curia chilena pide el indulto

Atrás parecen haber quedado los tiempos en que la Vicaría de la Solidaridad de la Conferencia Episcopal (CE) chilena y los organismos de derechos humanos eran una sola voz para denunciar las atrocidades de la dictadura de Augusto Pinochet. La máxima jerarquía católica acaba de entregar en manos del presidente Sebastián Piñera una solicitud de indultar a prisioneros, que podrían alcanzar a los militares acusados por delitos de lesa humanidad cometidos entre 1973 y 1990.

Los hermanos Arancibia: la historia de las primeras víctimas de la dictadura

Francisco Isauro Arancibia era maestro rural en Monteros, a 54 kilómetros de San Miguel de Tucumán. Encabezaba la Agremiación Tucumana de Educadores Provinciales (Atep) e impulsó la lucha por la concientización docente y gremial. Tenía 46 años cuando lo acribillaron junto a su hermano Arturo el 24 de marzo de 1976. Fueron los primeros muertos de la dictadura comandada por Jorge Rafael Videla.

La CIA patrulla Chile

En la moderna y protegida mole de acero y cemento que sirve de sede a la embajada de Estados Unidos en Chile, en Avenida Andrés Bello, con el río Mapocho a sus espaldas y la torre Titanium y el lujoso InterContinental Hotel al frente, funcionan varias oficinas que sirven al espionaje norteamericano. Están dotadas de infraestructura informática y de telecomunicaciones y tecnología para labores de inteligencia. Cuentan con un grupo de funcionarios especializados en recopilar información sensible sobre Chile y planificar y coordinar operaciones.

El represor Enrique Arancibia Clavel fue asesinado en Buenos Aires. Una crónica sobre su único encuentro con un periodista.

Todo indica que el primer puntazo le abrió el vientre. Ello explica que el último acto volitivo de aquel hombre haya sido aferrar sus vísceras con una mano. Después le prodigaron otras 20 puñaladas repartidas entre la mandíbula, el cuello, el tórax y la espalda. Así fue encontrado el ex agente de la dictadura chilena, Enrique Arancibia Clavel, por su pareja, un muchacho de 21 años, durante la noche del jueves en un departamento ubicado en Lavalle 1418, a metros del Palacio de Tribunales. Minutos después, acudió personal de la comisaría 3ª, investigadores de la División Homicidios y también la secretaria de Seguridad Interior, Cristina Caamaño. Allí, con la excepción de ese cadáver desplomado en posición decúbito dorsal, todo parecía estar en orden: la puerta no había sido violentada ni faltaban objetos de valor. A su vez, las manchas de sangre seca revelaban que el crimen había sido cometido varios días antes. “Esto tiene olor a taxi boy”, deslizaría en off uno de los uniformados.

El espía que volvió del frío. Durante el atardecer del 21 de agosto de 2007, Arancibia Clavel estaba en el barcito de una galería situada sobre la avenida Corrientes ocupando una mesa al costado del hall. Su figura sólo había sido registrada en alguna vieja foto periodística, en la que llamaba la atención su cara de nutria. Y que –en medio de uno de los tantos contratiempos judiciales de su trepidante trayectoria– vistiera un chaleco repleto de bolsillos como los que suelen usar los pescadores. Desde entonces había transcurrido más de una década. Sin embargo, ahora, el atuendo que lucía era el mismo. Y sus ojillos estaban como al acecho. Pero al ser abordado por mí, enarcó las cejas, mostrándose gratamente sorprendido al escuchar salir su nombre de mi boca. A continuación, con suma cortesía, me invitó a tomar asiento. En ese instante, recordé los detalles de un sangriento episodio.

En la ya lejana noche del domingo 29 de septiembre de 1974 sobre el barrio de Palermo Chico flotaba un aire enrarecido. De hecho, en el tramo de la calle Malabia que va desde Las Heras hasta Libertador el alumbrado público estaba completamente apagado. Y a metros de la calle Juan F. Seguí había un Torino. Sus ocupantes merodeaban en los alrededores. Minutos antes de la medianoche, todo se sacudió al compás de una explosión; la onda expansiva hizo trizas todos los vidrios de la cuadra. Y la lluvia de cristales produjo un sombrío tintineo. El Torino, entonces, partió a todo trapo. La policía tardaba en llegar. Y los vecinos, lentamente, se fueron congregando en las esquinas. Cruzado sobre la vereda, a la altura de la cochera del edificio lindante, estaban los restos de un Fiat 125. Del motor aún salía una lengua de fuego que iluminaba un cuerpo desmembrado; otro, ya sin brazos ni cabeza, ardía en la cabina. Durante esa madrugada circularon entre los presentes versiones contrapuestas sobre la identidad de las víctimas. Recién a la mañana siguiente trascendió que se trataba del matrimonio formado por Sofía Curthbert y Carlos Prats. Éste había sido nada menos que comandante del Ejército chileno y ministro del Interior durante el gobierno socialista de Salvador Allende.
Ahora yo estaba sentado frente a uno de sus asesinos.

A fines de 1996, Arancibia Clavel fue arrestado por su participación en el doble crimen de la calle Malabia. Cuatro años después, un tribunal oral lo condenó por ello a prisión perpetua. En 2003, otro tribunal le agregaría unos 12 años de cárcel por el secuestro en Buenos Aires de las ciudadanas chilenas Sonia Díaz y Laura Elgueta. Participó en estos hechos en su calidad de jefe de la estación local de la Dina, la temible policía secreta de Pinochet. El 13 de agosto de 2007 –debido a una polémica aplicación del dos por uno– le fue otorgado el beneficio de la libertad condicional. Desde entonces se paseaba por las calles del centro con el fervor de un turista.

La canción del verdugo. Enrique –así me pidió que lo llamara– persistía en hablar de trivialidades. En realidad, era su modo de esquivar el pasado.
–Estoy cumpliendo la última etapa de mi condena. Y me encuentro en una situación muy débil –dijo, a modo de disculpa.
Entonces agitó un brazo. Y agregó:
–Menem fue el artífice de mi desgracia. ¿Sabe por qué? Sólo para anunciar en los medios el arresto de un peligroso terrorista internacional.
Pronunció esas tres últimas palabras con una exagerada teatralidad.
El ex presidente –según Arancibia– había montado semejante ardid con el único propósito de aliviar la presión por el atentado a la Amia.
En ese punto, le pregunté qué hacía él en Buenos Aires a partir de 1974.
–Pues trabajaba en la sucursal porteña del Banco del Estado de Chile.
–¿Cuál era su vínculo con la Dina?
–Yo nunca fui agente de la Dina. A mí se me relaciona con la Dina por los informes que yo enviaba desde Buenos Aires.
–Si no pertenecía a la Dina, ¿en calidad de qué los enviaba?
–De informante. Sólo eso. En aquel tiempo, todo chileno que trabajara en el exterior tenía la obligación de informar cosas al gobierno. Y como funcionario del banco, yo tenía ese deber.
Lo cierto es que –tal como se estableció en el juicio al que fue sometido en 2000– el presunto trabajo bancario fue su cobertura como agente de la Dina. Y se hacía llamar Luis Felipe Alamparte. Con dicho nombre no sólo figuraba en la nómina de ese sucursal, sino que de tal modo lo conocían los militares argentinos con los que había anudado estrechos lazos de amistad. Tanto es así que él era precisamente el enlace entre la inteligencia chilena y el Batallón 601. Su contacto era nada menos que el subjefe de aquel organismo, coronel José Osvaldo Ribeiro, un verdadero icono del terrorismo de Estado. Ambos tuvieron un importante rol en la puesta en marcha del Plan Cóndor, tal como se llamó a la coordinación represiva entre las dictaduras del Cono Sur. Prueba de ello es un viaje que los dos realizaron en agosto de 1975 a la capital chilena para asistir a una reunión preliminar de aquella cofradía. Y durante la noche del 2 de noviembre de ese mismo año, Arancibia y Ribeiro perpetraron el secuestro del militante del MIR, Jean Claudet Fernández. Fue el bautismo de fuego del Plan Cóndor en Argentina. Arancibia no tardó en enviar un telex al jefe del Servicio Exterior de la Dina para informar el éxito de la acción. El mensaje concluía con las siguientes palabras: “Claudet ahora ya no existe”.
Al mencionarle el caso, simplemente, dijo:
–Le juro que no me acuerdo.
Y sobre Ribeiro, señaló:
–A ese señor lo vi una sola vez en una recepción en la Embajada.
Tampoco recordaba otro hecho que se le atribuye: la Operación Colombo, en la que los militares trasandinos hicieron “aparecer” en territorio argentino los cuerpos de 119 desaparecidos chilenos. En realidad, eran cadáveres mutilados de desaparecidos locales. Y les plantaron los documentos de víctimas del país vecino. El montaje se hizo para instalar la versión de que no habían sido secuestradas, sino que cruzaron la frontera para luego masacrarse entre sí, en el marco de un enfrentamiento interno.
En cambio, Arancibia reconoció haber conseguido algunas veces pasaportes falsos para otros agentes chilenos en comisión. Dicho esto, puso un cigarrillo entre los labios. Y al encenderlo, noté en sus manos sufrían un persistente temblor. Luego sabría que el origen de ese mal fue otro gaje de su oficio.

La balada del condenado. Arancibia continuaría oficiando como enlace entre la Dina y los servicios argentinos. Ello cimentó su protagonismo en la operatoria del Plan Cóndor. Sus propios jefes lo consideraban una suerte de embajador en la sombra. Y para los militares vernáculos ese joven de 28 años era nada menos que el espía oficial de Chile en Buenos Aires. Tanto es así que él se creía todopoderoso interpretando tal papel, sin sospechar que el mismo –debido a una azarosa encrucijada geopolítica– sería su pasaporte hacia la desgracia.
El 24 de noviembre de 1978 –mientras Chile y Argentina estaban a punto de entrar en guerra por un litigio sobre el control de tres islotes ubicados en el canal de Beagle–, él fue arrestado por una obviedad: ser un espía chileno. Arancibia fue literalmente secuestrado en su domicilio, en donde convivía con un bailarín que trabajaba con Susana Giménez. Sus captores eran agentes de la Side. Y hallaron un valioso archivo escondido en el doble fondo de un placard. Se trataba de carpetas agrupadas en forma correlativa, con detalles de las tareas hechas por la inteligencia pinochetista en territorio argentino. También había una copia de sus informes enviados a Santiago. Y cada una de las respuestas e instrucciones suscriptas por su jefe. Uno de esos papeles hizo que una patota de la Armada tomara intervención en el asunto. Se trataba de un informe que revelaba una relación amorosa entre el almirante Emilio Massera y la vedette Graciela Alfano. Lo cierto es que los marinos se ensañaron con Arancibia, al punto de fracturarle todos los dedos. A raíz de tal vicisitud, sus manos –además de haber adquirido la apariencia de dos esvásticas– conservan ese irremediable temblor.
En 1981, gracias a un pedido de la Santa Sede, el espía recuperó la libertad. Pero no sus papeles. Éstos serían hallados cinco años después por la periodista chilena Mónica González en un depósito de Tribunales. Esa prueba sería decisiva en el juicio oral por el caso Prats, celebrado 19 años después.
Al concluir nuestro encuentro, Arancibia exigió pagar la cuenta del bar.
Entonces le pregunté si temía que alguien apelara su libertad condicional. Por toda respuesta, alzó los hombros. Su cara irradiaba cierta pesadumbre. Luego, la silueta retacona de ese hombre se perdió entre la gente.
Arancibia no imaginaba que, 44 meses después, la crónica de aquel encuentro, serviría para trazar su necrológica.

Fuente: Diario Miradas Al Sur.

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