El Transbordador Espacial Endeavour, ya partió hacia la Estación Espacial Internacional donde montará el Espectrómetro Magnético más caro en la historia de la conquista espacial. pesa siete toneladas,y está valorado en US$2.000 millones, aunque nadie sabe a ciencia cierta cuánto costó.

El aparato de 7.000 kilos se asentará sobre la EEI e intentará realizar un amplio estudio de los rayos cósmicos, es decir, de las tormentas de partículas de alta energía (en su mayor parte protones y núcleos de helio) que vienen en nuestra dirección desde estrellas que han hecho explosión, agujeros negros y otros exóticos rincones del universo.

Al analizar la naturaleza de estas partículas, el AMS promete notables descubrimientos sobre la forma en que está constituido el universo.

Existe la probabilidad de que encuentre antimateria, el espejo de la materia de la que todos estamos hechos; e incluso de que identifique la misteriosa «materia oscura», que los científicos dicen que consituye una parte mayor de la masa del cosmos que toda la materia que observamos a través de los telescopios.

El profesor Sam Ting, creador del proyecto y Premio Nobel de Física en 1976, aseguró que en último término, los esfuerzos del AMS están destinados a encontrar objetos que nos remezcan: «Explorar lo desconocido, buscar los fenómenos que existen en la naturaleza pero que no tenemos ni los instrumentos ni la imaginación para encontrar», afirmó.

La máquina y su propósito

El AMS lleva un magneto, uno enorme. Éste se utiliza para torcer las partículas que pasan a través de la máquina.

La manera en que se tuercen revela su carga, una propiedad fundamental que, junto a la información sobre la masa de las partículas, su velocidad y energía, reunida a partir de un conjunto de detectores, le dice a los científicos a qué se están enfrentando.

En la abrumadora mayoría de los casos, lo que se observa se tratará de un aburrido protón.

Pero hay grandes posibilidades de que aparezca algún impresionante tipo de materia que no se ha visto nunca.

La esperanza previa similar viene de un viaje espacial de diez días de un transbordador, en 1998, cuando una máquina menos sofisticada registró impactos de un tipo de materia compuesta de una mezcla de partículas elementales diferentes de aquellas que componen la materia normal: se le llamó el «strangelet».

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