Dr. Alejandro SosaPor Dr. Alejandro Sosa

Inicio esta columna de opinión, aclarando que los “pecados” de juventud no son propiedad exclusiva de la misma. Es decir, en los supuestos errores que cometen nuestros jóvenes muchas veces, por no decir en todas, tenemos responsabilidad los adultos.

Como cada año, los estudiantes festejaron su día el lunes 21. En nuestro departamento, y más allá de casos aislados, la situación fue bastante tranquila, contrastando con lo sucedido en el norte provincial donde los chicos eligieron reunirse en la montaña porque pensaron que había menos controles, rompieron los asientos de los colectivos para pasar bebidas alcohólicas (la policía retuvo más de 1.000 botellas), ingresaron a viviendas particulares, destruyeron cartelería pública y tranqueras de madera para armar fogones, y algunas otras delicias…

La situación volvió a poner en el tapete la problemática de los adolescentes y su comportamiento. El tema, como siempre y desde siempre, volvió a generar polémica. Las opiniones son de la más diversa índole, desde aquellos que creen que esto es solamente el resultado de la naturaleza juvenil y hasta los justifican con el preocupante “todos lo hemos hecho alguna vez”, hasta aquellos -tan o más peligrosos que los primeros- que, por el contrario, olvidan épocas pasadas y consideran que esto es obra de una juventud que “está perdida”, que “son todos drogadictos”… Si hasta un “habría que cagarlos a palos a todos” resonó por ahí.

Lo cierto es que cuando nos damos a la tarea de pensar acerca de lo que significa la adolescencia, se nos ocurren muchas preguntas, la primera de ellas es ¿para quién debe significar algo, para el adolescente o para el adulto? ¿Para la familia, el sistema educativo, la sociedad?… En realidad, todos estamos en el meollo del asunto, el adolescente que siente, sufre y está expuesto a una serie de situaciones que muchas veces no entiende, su cuerpo que le «grita», su mente que en muchas ocasiones está confundida porque no sabe cómo manejar lo que pasa en el resto de su cuerpo, su familia (especialmente los padres), que según como haya vivenciado su propia adolescencia, lo entiende o está igual de aterrada que ellos y no son el sostén que deberían ser, etc.

El comportamiento clásico de los jóvenes, siempre con las consabidas excepciones a la regla, es la rebelión o hasta cierta desobediencia, que en opinión de los especialistas está motivada por la necesidad que tienen de diferenciarse de sus mayores y construir su propia identidad. Verdad que, sin embargo, no libera a los padres de preocupaciones por la seguridad y la suerte de sus chicos ni los hace renunciar a su deseo, difícil de cumplir, de auditar sus vidas. Entre esos «tira y afloje» tan típicos cada grupo familiar establece sus propias normas de convivencia y trata de lograr, con frecuencia sin poder conseguirlo, los mejores resultados posibles.

Se viven situaciones tensas, y el miedo de los padres a imponer la autoridad, para no ser tildados de “represores” y “autoritarios” los ha llevado en muchas ocasiones a manifestar temor y, muchas veces, esto los ha inmovilizado.

Aunque suene horrible, y hasta recuerde a oscuras épocas pasadas, los jóvenes necesitan que se los ordene. Aclaro que esta idea de orden no tiene que ver con el autoritarismo, sino que los adultos les indiquemos qué hacer y qué no hacer. Pero para saber ordenar es indispensable saber dar órdenes. Esto significa que los adultos debemos madurar una decisión y saber hacerla cumplir. Hubo una época en que los especialistas aconsejaban, recomendaban y enfatizaban en la necesidad de “no castrar”, permitir expresarse a los hijos, darles mayor libertad para que no crezcan con culpa, etc.  Se pasó de una época de castigos incluso corporales a otra de dejar hacer cualquier cosa. Evidentemente, ninguno de los extremos fue positivo para el desarrollo de nuestras juventudes, ni aquellas ni éstas…

Creo que la palabra clave para el rol que nos toca jugar en este tema a los adultos es responsabilidad. Y la responsabilidad de los padres no es sólo la de manutención de sus hijos, no es sólo darles un techo, darles de comer, vestirlos, mandarlos a la escuela. También es fundamental el proceso educativo en todo lo demás, porque de esa manera están forjando al hombre o a la mujer que va a ser cuando sea mayor.

La adolescencia es un momento de coraje en el que los jóvenes se están probando para el resto de su vida. Cada quien siente la necesidad de mostrarse valiente, amante, adulto, independiente, campeón, etc. Todo ello es parte del crecimiento que como queda dicho ha de traer conflictos y problemas.

Muchas veces se exagera cuando se caratula lisa y llanamente a la adolescencia de “problemática”. Esto lleva a que hoy los especialistas puntualicen que el despegue del adolescente, su “ponerse en un mundo más ancho” implica riesgos, pero ello no quiere decir que se deba homologar “adolescente” a “problema”. Al hacer esto muchas veces los adultos nos estamos defendiendo —de manera inconsciente— de aquellas cosas que vivimos ayer al atravesar esta etapa.

Es imprescindible que los padres sean referentes, que contengan a sus hijos. Lo contrario no sería dejarlos libres, sino “a la marchanta”, es decir, sueltos a los vientos, razón por lo que tantas veces los jóvenes pretenden atar amarras en cabos ficticios. Por ello, más importante que un sermón paterno con aires doctorales acerca de lo nocivo de ciertas conductas juveniles, es en cambio construir una relación en la que no falten la confianza y la contención, la alegría y el placer de la relación padres-hijos, y sobre todo la responsabilidad, tanto de unos como de otros.

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