Dice un enfermo de Alzehimer en un libro maravilloso -Luz de memoria de Pepa Medrro Rubio y Carmen Vides Bernabé: «Mis pies son raíces del tiempo porque no me muevo». Esta foto parece un bosque de raíces, de inmovilidades malqueridas: 9.000 zapatos enraizados en la plaza Simón Bolívar, en Bogotá. Cada uno representa una víctima colombiana de las minas antipersona. Colombia es el segundo país del mundo con más víctimas después de Afganistán. En Angola, la guerra civil dejó plantadas más minas que personas. Las minas matan sobre todo cuando ya no hay guerra, cuando los campesinos regresan a la vida.

Botas, zapatillas deportivas, zapatos desparejados del pie derecho y del pie izquierdo, pequeños cadáveres, objetos inservibles para unas piernas que se quedaron sin pie, sin la necesidad de vestirlo. Lo más hermoso de la foto es la dignidad que contiene, su respeto a los que padecen. Nueve mil zapatos son un bosque de desgracia, de ausencia, de silencios. Cada uno contiene una historia no contada, callada, reprimida. Son zapatos huérfanos cansados de esperar justicia que se transformaron en protesta sin voz, sin gritos, en escultura de desgracias.

 

De una bota surge una flor roja. Nace de la punta, como si brotara de una suela que de tanto arrastrar tierra se convirtió en terreno fértil. La bota a la que le nació una esperanza parace aplastada, abierta, casi trípode, como si le pesara la responsabilidad de ser la abanderada de un país que anhela paz. La paz verdadera está más allá de las victorias, está en la capacidad de generar justicia y reconciliación. Dos bandos: a un lado, los asesinos, no importa qué bandera; al otro, las víctimas, los zapatos sin dueño, la botas que florecen, la mayoría.

 

Por: Ramón Lobo

 

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