A las puertas del bicentenario de las independencias de las repúblicas latinoamericanas, Jorge Coscia opina que el debate cultural más importante en su país pasa en Argentina por «ventilar qué país queremos».

Actual Secretario (ministro) de Cultura del gabinete de Cristina Fernández, reconocido por su trayectoria como realizador cinematográfico —aquí en Cuba los aficionados recuerdan de modo particular sus filmes Mirta, de Liniers a Estambul (1987) y Cipayos, la tercera invasión (1989)—, y con el aval de una gestión notable entre el 2002 y 2005 cuando presidió el Instituto Nacional de Cine y Audiovisuales (INCAA), viajó a La Habana para tomar primero el pulso a la XIX Feria Internacional del Libro y luego identificar áreas para intensificar el intercambio entre las dos naciones.

Coscia hizo un espacio en su apretada agenda para conversar con los lectores de Granma. Sus ideas brotaron con fluidez y convicción.

Usted es artista, ahora gestiona la actividad cultural desde el Gobierno. ¿Cuáles son los retos que asume un Ministro argentino de Cultura?

Formo parte de un Gobierno que ha producido modificaciones no solo a partir de determinadas políticas culturales, sino desde la vida misma. El desafío mayor consiste en aprovechar la potencialidad de la cultura como contribución a que se profundice la democratización de la sociedad. Pudiera decirle que a mi cargo —asumí hace apenas siete meses atrás— se le presentan dos frentes: la administración, con recursos limitados, por una parte, y por otra la incidencia en procesos más complejos como los que tienen que ver con el debate cultural al que estamos abocados.

¿Cómo definiría ese debate?

Somos gobierno pero no somos poder. Somos gobierno y resistencia a la vez. Estamos resistiendo el embate de los sectores conservadores, reaccionarios, elitistas que han hecho caer a Argentina más de una vez en el fracaso y la frustración. A doscientos años de existencia como país independiente, el gran problema es que todavía no lo somos a plenitud. Tenemos dos opciones: ser un país agroexportador, de privilegiados a costa de la pobreza de las mayorías, o un país que desarrolle armónicamente sus fuerzas productivas, con valor agregado, con desarrollo y una distribución equitativa de la riqueza, donde la sociedad controle al capital y no al revés como ha venido sucediendo.

¿Qué papel desempeñan los intelectuales ante tal encrucijada?

Se observa un sorprendente reverdecimiento del pensamiento intelectual que apuesta por ese proceso de transformación. Y digo sorprendente, porque a la intelectualidad, en otra época, le costó entender propuestas nacionalistas y antimperialistas. Muy pocos y esclarecidos intelectuales lo entendieron. Hubo gente de izquierda que tampoco lo comprendió en su momento. En la actualidad hay una movilización de los intelectuales argentinos cuya expresión más popular es Carta Abierta, que cuenta con un núcleo en las universidades pero se ha ramificado a todo el país. Tuvo como punto de partida el manifiesto de más de 700 intelectuales y artistas en marzo del 2008 a raíz del paro de los agroexportadores. En un inicio se planteó la recuperación de la palabra crítica en todos los planos de las prácticas sociales y en medio de un escenario dominado por la retórica de los medios de comunicación. El movimiento se ha ido multiplicando y articulando en torno a la voluntad popular. Una voluntad que se ha convertido en una pesadilla para la reacción. No esperaban que un Gobierno tan débil deviniera en un Gobierno tan fuerte.

Habla usted de los medios de comunicación. ¿Qué influencia ejercen en el debate?

Lamentablemente más del 95% de la comunicación está controlada por cinco patrones y uno incluso domina el 50%. Esto ha generado un daño al actual proceso, fundamentalmente en las clases medias. Es una trama que no deja de ser curiosa: estas clases se han beneficiado con las políticas del actual Gobierno, pero les han inculcado el miedo a las clases populares.

En otro orden, como gente de cine, ¿cómo ve la salud de la pantalla argentina?

Llevamos seis o siete años de crecimiento y continuidad, con una producción constante de entre 50 y 60 películas anuales. Por supuesto, hay buenas, regulares y malas. El problema de los realizadores es que están más identificados con la gloria en Cannes, San Sebastián o Berlín que con el aplauso del público nacional. Esto se explica, en parte, por la pérdida de un espectador crítico, que era capaz de descubrir a un Bergman o a un Pasolini y ahora solo sigue los patrones de consumo globales. De manera que los realizadores se han refugiado en la zona que da más prestigio. Pero también contamos con otros realizadores que han recuperado su sintonía con el público, digamos el caso de Campanella, por citar un ejemplo. Hemos, por otro lado, fomentado alianzas con varias cinematografías de Iberoamérica. En sentido general, tenemos un buen cine, con capacidad de renovación. Es alentador el número creciente de mujeres realizadoras. Ahora bien, otro problema es que el gusto cinematográfico es dictado por la televisión. Tampoco le pidamos a la Argentina lo que no han logrado en Francia o España. La nueva ley de audiovisuales obliga a una cuota de pantalla televisiva.

¿Ha identificado en Cuba terreno fértil para incrementar los intercambios? ¿Se apuntaría esta perspectiva a la de la integración latinoamericana y caribeña?

Precisamente uno de los temas que hemos abordado con las autoridades cubanas es la posibilidad de articular nexos en el campo audiovisual, para contrarrestar la banalidad que nos invade. Ya no se puede fiar uno siquiera en un canal satelital como Discovery, pues lo mismo transmite un instructivo documental sobre las ballenas que una tontería sobre la existencia de los fantasmas. Con Cuba poseemos una relación histórica, ensanchada por los intelectuales y artistas argentinos sobre todo a partir del triunfo de la Revolución. Basta con visitar la Casa de las Américas para respirar esos aires de integración que desde aquí se han propiciado. De lo que se trata en lo adelante es de ampliar las autopistas que definen nuestra relación.

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