Un investigador sostiene que pequeñas letras que Leonardo Da Vinci pintó en los ojos de La Gioconda serían los códigos que llevan a la verdadera identidad de la dama

Mona Lisa debe ser una de las mujeres más famosas del planeta. Quién no ha visto el cuadro de Leonardo Da Vinci, y debe ser por su fama que no la dejan tranquila. Hace unos días apareció la noticia de que un investigador, Silvano Vinceti, asegura que el artista pintó en sus ojos pequeñas letras, que serían los códigos que llevarían a la verdadera identidad de la dama. Imposible de apreciar para el ojo desnudo, con el aumento necesario dice Vinceti, se puede ver en la pupila derecha las iniciales LV, corresponden al pintor, y en la pupila izquierda posiblemente las letras B o S, o quizás CE, darían la pista sobre el nombre de la joven que nos mira pacientemente desde la comodidad de un sillón.

El investigador, que no está de acuerdo con la identidad dada, con la que todos acuerdan, dice que se basó en los estudios de un historiador de arte francés para llegar a su conclusión, que según asegura revelará en poco tiempo.

Sin embargo, para la mayoría ya no quedan dudas de que es el retrato de la tercera esposa del empresario florentino Francesco del Giocondo, Lisa Gherardini.

Hasta ella, los retratos en el Renacimiento se hacían de perfil, pero la enigmática mujer mira de frente, aunque es cierto que su cuerpo aparece ladeado. Tanto se ha escrito, han dicho que estaba embarazada y por eso tiene las manos hinchadas y cruzadas a la altura de la panza. Que sus ropas son demasiado sencillas, no muestran el esplendor que elegían las mujeres en ese tiempo para ser retratadas.

Es posible pensar que lo que más inquieta es su tenue sonrisa, hasta Freud escribió sobre ella, diciendo, por supuesto, que el pintor reproducía el gesto bondadoso de su madre, eso entre otras ideas más que desarrolló y que fueron consideradas erróneas por psicoanalistas varios debido a que partía de bases falsas y torcía los hechos para que encajaran en sus teorías.

Antes de llegar al Museo del Louvre paseó por varios palacios y hasta Napoleón la tuvo presidiendo su lecho. Pintores contemporáneos como Andy Warhol y Robert Rauschemberg hicieron su propia versión de la italiana.

Esa mirada, que ahora supuestamente descubre secretos, una vez estuvo enmarcada por cejas que en el retrato final no existen, desaparecieron en sucesivas restauraciones, dejando a La Gioconda según la moda de la época. Debe ser la sencillez de su pelo cayendo hasta los hombros, peinado considerado provocativo para el momento en que fue pintada, junto a la paz que emana de su imagen, inmutable a pesar de las agresiones que sufrió a lo largo de los años, lo que la vuelve irresistible.

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