Este jueves una nueva escalada de violencia azotó a varias ciudades de Irak, dejando al menos 60 muertos, poniendo en evidencia la precariedad de la seguridad en el país dos meses después de la partida de las últimas fuerzas estadounidenses.

Al menos 60 personas murieron y varias otras decenas resultaron heridas el jueves en una serie de ataques con bomba y por hombres armados en diferentes barrios de Bagdad y en otras ciudades iraquíes, indicó una fuente del ministerio del Interior.

Los atentados fueron efectuados mediante bombas escondidas al borde de la calzada, carros bombas del cual al menos uno era conducido por un kamikaze y ataques por hombres armados, los que provocaron también al menos 230 heridos.

Tuvieron como objetivo al menos cinco zonas diferentes de la capital – provocando allí al menos 22 muertos – y varias ciudades en las provincias de Salahedín (norte) y Diyala (centro), según una fuente del ministerio del Interior y responsables de la seguridad local.

Se trata de la más sangrienta serie de atentados desde el 14 de enero, cuando un ataque suicida contra peregrinos chiítas había dejado al menos 53 muertos cerca de Basora (sur).

Contrariamente a éste último, la serie del jueves parece haber estado dirigida más contra las fuerzas del orden y civiles que contra una comunidad religiosa en particular

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