España decide hoy si apuesta por un cambio total de ciclo político para encarar su futuro más negro. Los 35,7 millones de ciudadanos llamados a las urnas tienen en su mano resolver si el Partido Popular, que ya gobierna en la mitad de los municipios del país y en 11 de las 17 autonomías, se pone también al mando del Gobierno de la nación con una situación económica desesperada.

 

Las undécimas elecciones generales de la actual etapa democrática llegan en el momento de mayor zozobra social por una pésima situación económica que deja ya cinco millones de parados; con una asfixia financiera que sitúa al país al borde del precipicio y con unas dramáticas perspectivas, que incluyen obligados recortes de gastos el próximo año —superiores a 21.000 millones de euros— para reducir el déficit al 4,4%. Un sacrificio extraordinario para unos presupuestos que apenas pueden sostener los servicios públicos esenciales.

 

En ese contexto infernal, todos los pronósticos apuntan al hundimiento electoral del PSOE, el partido del Gobierno que lleva grabadas a fuego todas las marcas negativas del paro, la deuda, el déficit y los recortes sociales. El descalabro socialista explicaría la victoria apabullante que los sondeos adjudican al PP, tan destacado que casi se da por descontada su mayoría absoluta antes del escrutinio.

 

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Si atinan las encuestas, el partido de Mariano Rajoy acumulará el mayor poder institucional de la democracia pues tiene 3.811 alcaldes, casi la mitad del total; gobierna en 11 de las 17 comunidades —con grandes perspectivas de ganar por primera vez Andalucía en las elecciones de 2012, apuntalando el Gobierno vasco del socialista Patxi López y sosteniendo al catalán del convergente Artur Mas— y mandará en la Administración central sin necesidad de pactos con fuerzas minoritarias. El inmenso poder que puede acumular el PP es una de las claves de lo que se dirime en esta cita electoral. Pero hay otras.

 

Un favorito con programa ambiguo y sin promesas

 

A Mariano Rajoy, el candidato a presidente del Gobierno que presenta por tercera vez el PP, la campaña se le ha hecho larga. Lleva esperando siete años su turno y ahora considera que ya le toca. Su programa de Gobierno, cargado de ambigüedad, apenas apunta algunas recetas de política económica: austeridad sin decir de dónde recortará, control del gasto público evitando duplicidades, sin decir cuales, y bajada de impuestos a empresarios, rentas del capital y familias numerosas para salir de la crisis. Se sabe que Rajoy quiere acometer una reforma laboral, pero no en qué términos; que piensa aprobar una reducción de personal en las empresas públicas pero no cuántos ni cuándo; que impulsará una reforma fiscal con algunas bajadas de impuestos y que reformará algunas leyes, como la del aborto, pero sin detallar su contenido concreto.

Con el viento a favor porque la crisis económica y el paro han hundido la credibilidad del Gobierno socialista, el candidato del PP ni siquiera ha tenido que hacer grandes promesas porque su electorado está convencido y millones de votantes socialistas, según los sondeos, se quedarán en casa.

Pese a los esfuerzos del PSOE para agitar el voto del miedo y buscar la respuesta del PP sobre su programa oculto, Rajoy no se ha movido y ha evitado polémicas que consideraba estériles para su objetivo: no hacer ruido, no molestar para llegar cuesta abajo al Palacio de la Moncloa.

Un descalabro en tiempo récord

El PSOE de Felipe González se mantuvo 14 años en el poder (1982-1996) y su deterioro fue muy lento, hasta el punto de que ganó en 1993 acorralado por los casos de corrupción y estuvo a punto de repetir milagro en 1996, cuando la diferencia con el PP fue inferior a 300.000 votos. Pero ahora, golpeado por la peor crisis económica de la historia y por un paro inigualable en toda la Unión Europea, el PSOE ha perdido en muy pocos años el inmenso poder institucional logrado desde la llegada de Zapatero al liderazgo del partido. El presidente del Gobierno, cuyo efecto revulsivo fue indudable en otros tiempos y elecciones, es hoy una sombra de la que huyen los estrategas electorales del PSOE (solo ha acompañado en un mitin al candidato en toda la campaña).

Las undécimas elecciones generales de la democracia llegan en el momento de mayor zozobra social por una pésima situación económica que deja ya cinco millones de parados

Rubalcaba lo ha intentado casi todo en una campaña intensa con propuestas arriesgadas y a contracorriente. Puso en cuestión la ortodoxia europea para salir de la crisis: «Las dietas de adelgazamiento excesivo conducen a la anemia». Defendió una moratoria de dos años para la reducción del déficit y un plan económico basado en aumentar las inversiones, pidiendo a la UE un Plan Marshall de 70.000 millones de euros para estimular el crecimiento; prometió algo tan impopular como subir impuestos del alcohol y del tabaco para garantizar los servicios de Sanidad y Educación; y anunció nuevas medidas para evitar pagos en metálico por encima de 3.000 euros y luchar contra el fraude fiscal. Pero en su mochila, el candidato lleva piedras: su pertenencia al Gobierno responsable de los cinco millones de parados, de la congelación de las pensiones, de la bajada del sueldo a los funcionarios, de los recortes sociales.

Dos modelos para salir de la peor crisis

La campaña se ha disuelto sin pena ni gloria. No hubo pelea y aunque hubo un único debate, se olvidó muy pronto. «Me faltó un debate más», cuentan los socialistas que se lamenta Rubalcaba. Y todo porque el favorito, Mariano Rajoy, ha evitado el cuerpo a cuerpo con el aspirante Rubalcaba para discutir sobre recortes, fiscalidad, o derechos civiles.

Lo que deja la campaña son algunos apuntes de dos modelos distintos para salir de la crisis. El de Rubalcaba apuesta por aumentar los ingresos mediante la creación de un nuevo impuesto para las grandes fortunas, otro para los bancos y una subida fiscal al consumo de alcohol y tabaco. Con esos recursos, el candidato socialista promete garantizar la financiación del sistema público de Salud y aprobar incentivos fiscales a la contratación de trabajadores. Rubalcaba defiende una moratoria en el cumplimiento del déficit y un plan de inversiones para estimular el crecimiento.

Rajoy prefiere garantizar el cumplimiento del déficit sin pedir moratorias a Europa; imponer techos de gasto a las comunidades y Ayuntamientos; bajar impuestos a las empresas y a las rentas de capital y, por lo que ha declarado, mantener el resto de la estructura fiscal como está. Además, acometerá una reforma laboral para simplificar los contratos existentes y flexibilizará la negociación colectiva, lo que facilitará sueldos más bajos.

Los dos candidatos prometen subir las pensiones.

Las consecuencias de una derrota

A la tercera de Mariano Rajoy va la vencida. Nadie ha tenido unas circunstancias tan favorables para arrasar en unas elecciones generales. Si no es presidente después del 20-N, algo muy poco probable según los expertos, su carrera política estará definitivamente acabada.

En la otra orilla, Rubalcaba, al que los sondeos endosan una derrota segura, mira a los números para desentrañar el futuro. Si los socialistas mantienen el Gobierno, Rubalcaba será el nuevo líder incontestable del partido. Si pierde las elecciones y sus resultados quedan por debajo de 130 o 120 escaños —la horquilla variable que manejan distintos dirigentes de este partido que se atreven a elucubrar sobre el futuro— se abrirá la batalla por la sucesión.

 

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