María ya ha festejado su cumpleaños número cincuenta y siente que es el momento de aprovechar la vida más placentera y relajada que le posibilita la nueva realidad que ha surgido con la llegada de la madurez. Sus hijos ya se han independizado y han abandonado el nido materno. Tras muchos años de esfuerzo goza de una cierta estabilidad económica y ahora dispone de más tiempo libre.

Es hora de explorar nuevas actividades artísticas, sociales, lúdicas o de cualquier otro tipo como la lectura, y de aprender aquello que antes no tuve tiempo o tranquilidad para desarrollar, como por ejemplo un hobby, un oficio o una asignatura, señala esta mujer madura y entusiasta.

Carlos acepta los cambios físicos que le han llegado con la edad y afirma que la cincuentena es el mejor momento de su vida. Este hombre no sobreestima, ni idealiza lo que hacía cuando era joven, o más joven, como le gusta aclarar. Tampoco echa de menos su primera juventud, porque no ha olvidado que fue una etapa conflictiva, apresurada, precipitada e inmadura.

Siente que ha tenido una vida bien vivida, en la que se han acumulado experiencias y sabiduría, y en la que el paso de los años ha aportado muchos conocimientos y elementos valiosos.

Carlos y María son el vivo testimonio de lo que ahora acaba de comprobar una investigación científica: que si bien la vida no comienza a los cincuenta, como reza un conocido eslogan, a partir de ese momento una persona, en realidad, puede estar más cerca de la felicidad y de la plenitud de lo que podría suponer.

Según un grupo de investigadores de la Universidad de Stony Brook, en el estado de Nueva York, Estados Unidos, la etapa más feliz de la existencia, en la que los sentimientos negativos como la preocupación y el mal humor son mínimos, en comparación con otros momentos vitales, suele llegar cuando ya se ha entrado en la quinta década de vida.

Al parecer, este fenómeno podría deberse a que con el paso de los años, la gente aprende a controlar mejor sus emociones negativas, o quizá relativiza o resta importancia a los recuerdos negativos, lo cual les ayuda a sentirse mejor.

Curiosamente, y contra lo que cabría suponer, el efecto de la edad sobre las emociones es más consistente que el del estado civil, la paternidad o el empleo, y circunstancias como las de tener pareja, vivir con los hijos en casa o hallarse sin trabajo, no tienen una influencia apreciable en la evolución de las emociones positivas y negativas a lo largo de la existencia humana.

María Jesús Ribas.

E F E REPORTAJES.

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