Quién niegue que la mujer es la proa y timón del hogar, seguramente es porque no ha tenido la oportunidad de vivir en familia o simplemente es un hombre potencialmente machista y ciego.

Cuando se inicia una relación se está en un proceso de conocer a la persona cualidades, gustos, acciones, etc. Obviamente estas son percibidas sólo en un diminuto porcentaje, pues no es lo mismo pasar cuatro o dos horas diarias con la persona a convivir 24 horas del día cuando ya se está casado.

A pesar de la pequeña proporción que llegamos a conocer de nuestra pareja, siempre estamos al tanto de ciertas actitudes que esta tiene, y que inconscientemente buscamos para sentirnos bien.

Según Freud, cuando elegimos a una persona para que sea nuestra pareja se hace de dos formas diferentes: de la forma narcisista y de la analítico. El primero es el que ama lo que uno es (a sí mismo), lo que uno fue, lo que quisiera ser y a la persona que fue parte de uno mismo; todo apunta a un modelo que posee intrínseco una idealización de la persona y un estilo muy cercano a querer alguien como nosotros mismos. El segundo tipo rebusca a la mujer nutriz o al padre protector, y se inclina a buscar en la pareja conductas y patrones de familia.

Como sea que se escoja a esa persona con la que se compartirá en un futuro, constantemente estamos viendo cómo es y cómo será, implícitamente vemos la forma en que se conduce en la vida. Si es cariñosa, dedicada, centrada en las cosas que hace, buena administradora, etc. Lo cual nos llega a gustar y es lo que deseamos en nuestra vida a futuro.

Se dice mucho que hoy en día una mujer debe arreglárselas haciendo de todo. Muchos confunden esto con una tarea “obligatoria” que la mujer debe de hacer o un rol que se le da en el momento que nace y se sabe que usará falda.

No es que deba o que sea un papel a fuerza que juega la mujer en el momento de formar una familia, simplemente poseemos la capacidad de realizar diferentes actividades y solucionar problemas de una forma instantánea. Contradictoriamente e irónicamente es un don, pero no por eso se le debe adjudicar para labores únicamente domésticos, del hogar y asuntos de familia.

Si se condensará y aplicará toda esa energía y manejo que tiene una sola mujer en una compañía sería totalmente funcional y sin duda alguna sería un rotundo éxito.

En si la familia es cómo una empresa. El compañero o esposo es como el socio y la esposa es la accionista mayoritaria, por ende ambos tienen disposición en el manejo y toma de decisiones, peor no del todo, el mayoritario tiene la última palabra de si se puede o no hacer cierto movimiento financiero y lo autorizará una vez haya analizado cuidadosamente que no afectará o pondrá en peligro y riesgo la empresa o cualquiera de los bienes materiales, el hogar son las instalaciones de la misma y si hay una fuga o algo está averiado perturbará interna y externamente la imagen y estabilidad de la compañía y sus demás miembros; por lo que siempre debe de lucir en el mejor de los estados, con un excelente método de manejo de crisis, un sistema de comunicación impecable y una imagen renovada y fresca siempre. Los hijos son como los proyectos e inversiones a futuro.

Toda la analogía anterior resume la importancia de la mujer, pues su puesto gerencial es fundamental dentro de la empresa del hogar. Sin ella como eje central, definitivamente habría quiebras, deudas y fracasos constantes.

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