turismoUna nota publicada en Diario La Nación por Andrea Ventura, difunde a San Rafael dentro del espectro del turismo aventura versión  light.

Así la periodista da cuenta de las propuestas turísticas de la Argentina .Más de una vez se suele oponer en forma tajante el turismo clásico al turismo aventura, muy de moda y con mucha prensa desde hace unos años.

Se encasillan estas dos modalidades en compartimentos tan estancos que da la impresión de que uno necesariamente invalida el otro. El nombre de aventura, en vez de atraer, en algunos casos hasta suele espantar a turistas más urbanos que temen ponerse en peligro.

Pero para hacer este turismo, también llamado alternativo, no hace falta internarse en medio de la selva más espesa, lanzarse desde un paracaídas o intentar llegar a la cumbre del Aconcagua.

Para ser sinceros, yo no podría hacer ninguna actividad que exigiera un estado físico más allá de lo normal, pero siempre soy materia dispuesta para probar algo nuevo o de aventura, si se quiere.

Y también es cierto que en muchos casos (la mayoría, diría) el nombre de turismo aventura queda grande… muy grande. Lo cambiaría simplemente por turismo recreativo, como quien va a un parque de diversiones, pero en plena naturaleza, mucho menos marketinero, mucho más real.

Porque la propuesta es conectarse con el lugar de una manera diferente, un poco más activa y más divertida que simplemente contemplar un paisaje desde el mirador de turno.

Dentro de la gran bolsa de turismo aventura se incluyen paseos a caballo sumamente tranquilos; rafting por ríos mansos, que son casi flotadas, y caminatas por senderos sin demasiadas exigencias. Aunque con baja dificultad son experiencias imperdibles, que se comparten en familia, y distan mucho de propuestas extremas y de alto riesgo, reservadas para los más audaces.

En diferentes viajes hice cabalgatas, trekking por montañas, rappel, canotaje, bautismo de buceo, y hasta una especie de rafting, pero nadando, siempre muy accesibles…, pero me faltaba volar…, o al menos empezar por lo más sencillito…

Mi última aventura fue hacer tirolesa en Peñón del Aguila, un parque que abrió hace un par de años pegado a La Cumbrecita, en Córdoba. La tirolesa o canopy consiste en deslizarse por un cable de acero con una polea y arneses de árbol en árbol o cruzando ríos entre montañas.

Además de este parque, muy bien cuidado y con restaurante de comida alemana, senderos para caminatas y otros juegos, en el país se suman las propuestas de Merlo, Iguazú, Bariloche, Salta y uno recientemente inaugurado a orillas del Atuel, en San Rafael.

Cuando se ve ese cablecito flotando en el aire a más de 40 metros de altura y a cientos de distancia de la próxima estación, no puedo negar que despierta temor.

Pero una vez que la polea comienza a rodar, el viento golpea en la cara y se siente esa inigualable sensación de volar, con una vista panorámica imponente. No hay motivos para sentir miedo, y mucho menos que se está ante una situación peligrosa: cuenta con todas las medidas de seguridad, como doble protección con mosquetones, casco, arneses, guantes, y personal entrenado. Además, la única condición para realizar la actividad es ser mayor de cuatro años… Y aseguran que también se animaron turistas casi octogenarios.

Una experiencia que por un rato vuelve a los participantes como chicos en la plaza, donde todo puede ser una gran aventura.

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