Ningún fármaco del mercado es capaz de frenar el envejecimiento, ni siquiera los famosos antioxidantes o la hormona del crecimiento, e incluso pueden ser nocivos para la salud, según un ensayo del científico español Salvador Macip, que repasa las últimas investigaciones en esta área.

Desde hace siglos se persigue alguna sustancia que frene el envejecimiento, objetivo que ha sido el germen de una «industria gigantesca montada entorno de productos y estrategias que nos aseguran que podremos vivir más tiempo» y que moverá, sólo en EEUU, 50.000 millones de dólares, sin haber demostrado su eficacia.

Macip, médico especializado en genética molecular tras nueve años investigando el envejecimiento celular en el Departamento de Ciencias Oncológicas del Hospital Mount Sinai de Nueva York, señala que cualquier artículo en una revista científica sobre algún asunto -como los antioxidantes o las hormonas del crecimiento- es utilizado luego por algunas empresas para vender sus productos.

Internet se ha convertido en un medio habitual para la promoción de estas panaceas contra el envejecimiento -antioxidantes, hormonas o derivados de vitaminas- que no sólo no tienen ninguna eficacia contrastada sino que pueden ser peligrosos para la salud.

El uso de antioxidantes en la dieta ha sido puesto en duda desde hace años e incluso hay estudios que reflejan que existe una relación entre ellos y el incremento de ciertos cánceres, como el de próstata, pero, a pesar de estas «evidencias científicas», un tercio de los adultos de los países desarrollados los siguen consumiendo.

La hormona de crecimiento (HGH) -que el organismo segrega sobre todo en la infancia y pubertad- combate la pérdida de masa muscular -por lo que es usada por muchos deportistas o actores- y aunque no ha mostrado su utilidad en la batalla contra la edad tiene a su alrededor una «industria en marcha» que parece obviar los efectos secundarios: diabetes, hipertensión o cáncer.

También la llamada «medicina regenerativa antienvejecimiento» es criticada por los investigadores, que afirman que estos tratamientos anti-edad no se basan en ningún fundamento científico, lo que no ha impedido su éxito.

Hasta el momento sólo algunas investigaciones contrastadas en animales permiten hablar de cierto posible control del envejecimiento, como la regulación de las proteínas relacionadas con la insulina, o la restricción calórica de las comidas ingeridas, una vía, no obstante, «poco práctica y peligrosa», por lo que se están buscando fármacos que produzcan los mismos efectos.

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