En apenas un puñado de pases Erik Manuel Lamela se muestra como lo que es: un crack inminente. Antes de recibir, mira, la pide, se muestra, espera. Justo antes de que la pelota arribe a su pie izquierdo ya sabe lo que sucederá luego, cuál será el destino inmediato. Y allá va, preciso, ese pase que se hace jugada peligrosa. A los 19 años, el pibe que se crió en Florida ya se anima a ser la cara más atractiva de un River que transforma traumas en oportunidades. Ayer, ante Quilmes, en el Centenario, Lamela fue el mejor de su equipo en el mejor momento de River, en ese primer tiempo en el que jugó para el aplauso, en el que resultó motivo central del desequilibrio en las cercanías de Emanuel Trípodi.

La jugada que derivó en el único gol y en la victoria de River nació de su cabeza y de su talento. La pensó y la ejecutó, más allá de que el desenlace estuvo a cargo de Paulo Ferrari. Fueron nueve toques, también con la participación de Matías Almeyda y de Acevedo, los dos mediocampistas centrales que suele custodiarle la espalda. Así, con ese destello, se hizo valioso para un River que se destacó en el primer tiempo y que padeció luego, ya en la segunda mitad.

Tras el triunfo, Lamela le puso palabras a la victoria: “La verdad que es un gran triunfo en una cancha difícil. Ellos entraron en el segundo tiempo más metidos y nos hicieron meter atrás. Lo importante es que se ganó y sabemos lo que nos estamos jugando”.

Su buen nivel es también una tentación para los clubes del exterior: con edad de sub 20, utiliza sin inhibiciones la camiseta con la banda y el número diez, esa que alguna vez lucieron el Beto Alonso, Angel Labruna, Ermindo Onega, Ariel Ortega. Por eso, más allá de que sólo tiene 23 encuentros en Primera, no asombra que el Atlético de Madrid o el Milan envíen emisarios con el objetivo de seguir sus pasos. No es nueva esta cuestión: en 2004, cuando recién salía de la niñez, el Barcelona se lo quiso llevar a territorio catalán, para formarlo en La Masía, como si fuera el otro Messi .

Por momentos, parece que canchereara . La pisa, se muestra elegante, levanta la cabeza, resulta desafiante en apariencia. No lo hace adrede. Es su manera de jugar desde los tiempos en los que deleitaba a todos en las inferiores de River, cuando tenía que viajar hasta Núñez o hasta Ciudad Universitaria para entrenarse con sus compañeros. Siempre lo hizo con gusto ese sacrificio: sabía que quería ser futbolista.

Al margen de su edad escasa, asume el rol de líder creativo de River. Ayer, le tocó junto a Diego Buonanotte, figura impecable del último equipo campeón de La Banda, en 2008. Antes, su socio había sido otro pibe: Manuel Lanzini, quien ayer lo reemplazó cuando apenas quedaban cinco minutos. Su salida del campo de juego fue también un testimonio de su actuación y de su presente: desde la popular visitante lo acompañó una ovación rumbo al vestuario. Saludó, levantó los brazos, también aplaudió. Lucía feliz. No era para menos. Corroboró algo importante: la diez de River cada día le siente mejor.

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