El juez que debe dar su veredicto, el que absolverá o condenará a uno de los hombres más polémicos e influyentes del pensamiento moderno, es usted. ¿Se anima?

Sigmund Freud alumbró un exótico récord argentino: somos el país con la mayor proporción de psicoanalistas por habitante del planeta. Por eso, es natural que un texto como el de Michel Onfray haya provocado un sismo en el multitudinario mundillo psi que habita en estas pampas.

Pródigo en provocaciones, el intelectual francés arremete con todo. Misógino, homofóbico, filonazi, comerciante, mentiroso. Abusador serial de pacientes. Onfray no ahorra adjetivos en su lapidaria disección de Freud y su obra. Es cierto: no es el primero que cuestiona al padre del psicoanálisis. Desde los disensos de su discípulo Lacan hasta la virulencia de Bunge, la lista de críticos es tan vasta como ecléctica. Sin embargo, hasta ahora nunca nadie se había atrevido a cruzar la raya que cruzó Onfray. El hombre atacó al corazón del sistema: disparó sobre la veracidad de los casos de estudio que cimentaron y masificaron la práctica de la terapia psicoanalítica. “Todo es una farsa”, detonó el francés. ¿Cómo que una farsa? ¿Y los miles de argentinos que, con devoción, nos entregamos al diván, qué? ¿Fuimos estafados por la invención de un megalómano?

Con estas inquietudes a cuestas, la editora Raquel Roberti y el equipo de sociedad realizaron una formidable tarea en la constitución de un tribunal que le otorga a Freud el derecho que se merece: un juicio justo. Hay, como corresponde, fiscales y defensores de lujo. Especialistas que conocen la obra de Freud y debaten más allá de mitos y prejuicios. Pero con rigor y pasión.

Como nos gusta.

El juez que debe dar su veredicto, el que absolverá o condenará a uno de los hombres más polémicos e influyentes del pensamiento moderno, es usted. ¿Se anima?

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