Volvió a suceder, sigue sucediendo, siempre es por imperio de los tiempos del kirchnerismo que las cosas se mueven en el mapa político. Y nunca, o casi nunca, es que el archipiélago opositor actúa o transforma por iniciativa propia, por potencia de ideas, por claridad de proyectos.Así como desde hace más de un año se fue autodemoliendo la categoría Grupo A, ahora llega el turno de los sinceramientos internos en cada partido, corriente o cacicazgo: siguen sin ser lo mismo Ricardo Alfonsín que Sanz o Cobos; lo mismo sucede con Duhalde, Das Neves, Felipe Solá.

Esta semana, y como prolongación de la anterior, sucedieron dos cosas devenidas de la hegemonía cultural kirchnerista. La primera, los indicios claros de decantación de las precandidaturas presidenciales opositoras tras lo sucedido en Catamarca y la todavía incierta, empiojada, elección chubutense. Del primer escenario salió definitivamente malherido Julio Cobos. Del segundo, el gobernador Marios Das Neves, quien sin embargo, en relativa sintonía con Felipe Solá y Francisco de Narváez, no sólo persiste en marcarle la cancha a Duhalde (alcanza con esa poca fuerza) sino que pone muy mala cara cuando se menciona el apellido Macri. Quedó también dañada aquella idea del “ajedrecista” Duhalde de instalar al Peronismo Federal mediante una sucesión de preinternas. En rigor de verdad se sabía que ese crescendo federal hipotético iba a terminar, por lo raquítico de la participación prevista, en una encantadora colección de bonsáis.

La segunda cuestión que tiene estrecha relación con los tiempos kirchneristas fue la celebración del 24 de marzo. De nuevo una movilización formidable, conmovedora. Es evidente sin embargo que la construcción de un piso sólido de consenso y memoria fue muy anterior al 2003: desde la acción y la perseverancia extraordinaria de los organismos de derechos humanos a lo realizado por el mejor alfonsinismo. Hay que recordar qué solos quedaron los organismos tras la debacle alfonsinista y los indultos de Menem, al menos hasta el vigésimo aniversario del golpe. Años de resistencia solitaria en las marchas, en las que de cada cuatro manifestantes reconocíamos las caras de tres (abrazos, saludos, constataciones tristes), como si se tratara de celebraciones de un conciso club de veteranos de guerra.

Contra aquellas soledades, cada vez más las marchas de los 24 son más arduas de sintetizar en interpretaciones unívocas. Está clarísimo que sin la irrupción de los tiempos kirchneristas no se podrían explicar los actuales niveles de masividad, de fervor, de consistencia y de alegría. Pero la historia argentina con sus conmociones venía pariendo fenómenos que prefiguraron al kirchnerismo. Ya venían cayendo en cada 24 los estragados por las crisis, con los movimientos sociales, desde los años del estallido. Las izquierdas (categoría difícil) siempre estuvieron allí, con sus horarios y consignas exclusivas, un tanto narcisistas. El jueves sucedió algo llamativo: a eso de las 17.30, cuando todavía los rojos parlantes denunciaban al Gobierno por apropiación ilegal de las banderas de los derechos humanos, ya la Plaza era mucho más compleja y multicolor, indiferente a las etiquetas, con sueltos y columnas multitudinarias llegando a la cita para cuestionar esas simplezas.Los pibes de las inferiores. Sobre las célebres incorporaciones del kirchnerismo, que no son sólo las juveniles (hay tanto cincuentón que había quedado a la vera de la historia), hay también una complejidad creciente. Siempre nuevos carteles, sellos, pancartas, agrupaciones y armados imposibles de seguir, mutaciones, desplazamientos. Emocionaba hacer la enésima comprobación de la cantidad de caras de las nuevas generaciones (incluyendo estudiantes secundarios y universitarios), la mixtura territorial, el cruce de genealogías. Por un lado es la recuperación de cantitos jotapé nacidos en democracia (“Somos de la gloriosa”), por el otro la alusión a Perón, a Néstor, a Cristina y también a manuales setentistas que de vez en cuando suenan a insuficientes. Habrá que entender que, necesitados de identidad, de contención y de proyecto, muchos de estos pibes de las inferiores acaban de incorporarse a lo colectivo, vienen de la intemperie, del menosprecio a la política aprendido de una hegemonía mediática hoy en crisis. Hay una mejor valoración de lo democrático en tensión con la pasión o la tentación sectaria. Es un proceso fascinante, como si por abajo, como construcción cultural, el kirchnerismo o una buena porción de la sociedad fueran una constante reinvención con final abierto.

Si se habla de dominancia de los tiempos kirchneristas no es por jactancia sino por una simple constatación hecha incluso desde la prudencia. Porque en ningún ciclo histórico hay eternidades y porque siempre hay que plantar desafíos para no estancarse y poder crecer. Cuando se habla de hegemonía cultural o de pobreza opositora también cabe salirse del presente (un “presente” de ocho años proyectables a doce, menudo ciclo) y pensar a largo plazo y hacia atrás. Los dos primeros años del gobierno de Alfonsín fueron pura iniciativa radical ante un peronismo en formol, con mucho de conservador, hasta de inútil. Y también durante un insoportablemente largo período fue “Menem versus el Modelo Invisible”, carencia que costó carísimo: de allí surgió la Alianza.Plácido gambeteo. Unas pocas palabras sobre otra fiesta que coexistió con la conmemoración del 24: el concierto de Plácido Domingo. Hubo un uso evidente de las cadenas noticiosas (aunque no fueron lo mismo TN y C5N que América o CN23) para eludir y obturar el 24 con el recital. Nada que no pudiera intuirse previamente y bienvenida sea la rutina democrática del festejo popular en el espacio público. Más grave como proceso político y comunicacional –y volviendo al principio: la decantación de las candidaturas– es comprobar cómo a medida que se acerca la fecha de las elecciones se incrementan los niveles de protección mediática a favor de Mauricio Macri.

Macri se va convirtiendo a esta altura en la única carta clara que le va quedando a la derecha pura y dura. El operativo de protección consistió esta vez en adjudicar a nadie ya sea el fracaso del concierto en el Colón como la posibilidad de que naufragara el de la 9 de Julio. Fue por el maltrato feroz contra los laburantes del Colón, ese desprecio propio del gerentazo rico, que el concierto estuvo a punto de levantarse. Los medios dominantes escabulleron responsabilidades del Gobierno porteño, como han escondido tantos desastres peores. Esa visión esquizofrénica del macrismo, con el Colón reinaugurado por un lado (gracias también a los esfuerzos de las gestiones anteriores) y el Colón vaciado, es un símbolo de la utopía macrista: una ciudad sin molestias, sin personas de carne y hueso con sus conflictos, una ciudad sin humanos.

Por Eduardo Blaustein

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