En Internet existen decenas de vídeos con parodias sobre cómo sería Facebook «en la vida real». El protagonista está tranquilamente en su casa (generalmente en pijama, con rulos o viendo la tele) y alguien llama a la puerta. Es un completo desconocido. «Hola, me sentaba detrás de ti en octavo, ¿quieres ser mi amigo?». «No nos llevábamos muy bien, pero, ¿puedo ver tu álbum?». «Te acabo de etiquetar en esta foto en la que sales con granos y aparato, ¿te gusta?». Etcétera. El humor es un síntoma de que estamos ante una situación nueva: ¿Qué hacemos con viejos conocidos que quieren retomar un contacto, aunque sea sólo en Facebook, que ya no nos interesan?
«Cuando te encuentras en la calle o en una reunión con tus ex compañeros te saludas, charlas un rato, la cosa queda ahí y nadie se ofende», explica el profesor de psicología social Isidro Maya Jariego. «En Facebook no me parece descortés responder amablemente un mensaje del tipo ¿qué es de tu vida? y luego declinar la solicitud de amistad sino quieres compartir más con esa persona». La idea es que las redes sociales digitales no son «excepcionales», simplemente no las manejamos del todo.
«Estamos experimentando con la tecnología y podemos ser más o menos competentes y calcular mejor o peor las consecuencias». Por ejemplo: apremiado por la cortesía o la ilusión del momento uno acepta como «amigo» a un adulto -que puede o no tener nada que ver con el niño que fue- sin prever que lo va a tener en su muro para siempre. Y ese señor calvo que fue Pepito entra a formar parte de un grupo de espectadores de nuestra vida cotidiana entre los que, además de fantasmas de la infancia, hay colegas de la oficina, o peor todavía, jefes. Gente con la que quizás no quieras compartir tu estado de ánimo, tus fotos en bikini o tus aficiones.
«Hay una falta de segregación de espacios sociales en este tipo de redes», dice Maya Jariego, «pero en el futuro la gente tenderá a hacerlo cada vez más». Los usuarios seremos más eficientes «gestionando nuestras amistades» («aunque suene a una contradicción en términos») y la herramienta permitirá «modular» mejor cuán amigo de cada quien eres.
«La primera vez que me reuní con los creadores de Facebook les dije que era una herramienta torpe porque no permite jugar diferentes roles y segregar las relaciones; ellos me contestaron que su filosofía era ser abiertos», recuerda el experto en redes de Standford BJ Fogg. «Desde entonces han proporcionado a sus usuarios maneras de crear listas y bloquear contenidos pero casi nadie lo está haciendo». Fogg (que tiene mil personas en ese limbo de las solicitudes de amistad que ni se aceptan ni se ignoran) apunta dos razones: la gente es por naturaleza perezosa y Facebook no lo pone tan fácil «porque aparte de esa fe en que es bueno compartir todo con todos, cuanto más abiertas sean sus redes más ingresos obtendrán de sus anunciantes».
La pelota está en el tejado del usuario, hay que pensar antes de agregar. Y si el mal ya está hecho habrá que empezar a echar marcha atrás. «Ignorar o borrar a alguien en Facebook puede resultar violento o incómodo», admite Maya Jariego, «pero también lo es distanciarse de un amigo en la vida real». Y eso llevamos años haciéndolo sin pestañear.

En Internet existen decenas de vídeos con parodias sobre cómo sería Facebook «en la vida real». El protagonista está tranquilamente en su casa (generalmente en pijama, con rulos o viendo la tele) y alguien llama a la puerta. Es un completo desconocido. «Hola, me sentaba detrás de ti en octavo, ¿quieres ser mi amigo?». «No nos llevábamos muy bien, pero, ¿puedo ver tu álbum?». «Te acabo de etiquetar en esta foto en la que sales con granos y aparato, ¿te gusta?». Etcétera. El humor es un síntoma de que estamos ante una situación nueva: ¿Qué hacemos con viejos conocidos que quieren retomar un contacto, aunque sea sólo en Facebook, que ya no nos interesan?
«Cuando te encuentras en la calle o en una reunión con tus ex compañeros te saludas, charlas un rato, la cosa queda ahí y nadie se ofende», explica el profesor de psicología social Isidro Maya Jariego. «En Facebook no me parece descortés responder amablemente un mensaje del tipo ¿qué es de tu vida? y luego declinar la solicitud de amistad sino quieres compartir más con esa persona». La idea es que las redes sociales digitales no son «excepcionales», simplemente no las manejamos del todo.
«Estamos experimentando con la tecnología y podemos ser más o menos competentes y calcular mejor o peor las consecuencias». Por ejemplo: apremiado por la cortesía o la ilusión del momento uno acepta como «amigo» a un adulto -que puede o no tener nada que ver con el niño que fue- sin prever que lo va a tener en su muro para siempre. Y ese señor calvo que fue Pepito entra a formar parte de un grupo de espectadores de nuestra vida cotidiana entre los que, además de fantasmas de la infancia, hay colegas de la oficina, o peor todavía, jefes. Gente con la que quizás no quieras compartir tu estado de ánimo, tus fotos en bikini o tus aficiones.
«Hay una falta de segregación de espacios sociales en este tipo de redes», dice Maya Jariego, «pero en el futuro la gente tenderá a hacerlo cada vez más». Los usuarios seremos más eficientes «gestionando nuestras amistades» («aunque suene a una contradicción en términos») y la herramienta permitirá «modular» mejor cuán amigo de cada quien eres.
«La primera vez que me reuní con los creadores de Facebook les dije que era una herramienta torpe porque no permite jugar diferentes roles y segregar las relaciones; ellos me contestaron que su filosofía era ser abiertos», recuerda el experto en redes de Standford BJ Fogg. «Desde entonces han proporcionado a sus usuarios maneras de crear listas y bloquear contenidos pero casi nadie lo está haciendo». Fogg (que tiene mil personas en ese limbo de las solicitudes de amistad que ni se aceptan ni se ignoran) apunta dos razones: la gente es por naturaleza perezosa y Facebook no lo pone tan fácil «porque aparte de esa fe en que es bueno compartir todo con todos, cuanto más abiertas sean sus redes más ingresos obtendrán de sus anunciantes».
La pelota está en el tejado del usuario, hay que pensar antes de agregar. Y si el mal ya está hecho habrá que empezar a echar marcha atrás. «Ignorar o borrar a alguien en Facebook puede resultar violento o incómodo», admite Maya Jariego, «pero también lo es distanciarse de un amigo en la vida real». Y eso llevamos años haciéndolo sin pestañear.

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